Absorbida por potingues en Londres

Estuvimos unos cuantos días en Londres City, turisteando y disfrutando de una primavera más bien gélida, de esas que sientes que los pingüinos te van a saludar en cualquier momento. Hacía muchísimo frío para mi termostato tropical  por eso, tuve que ir tirando de gorritos, guantes y bufandas con pompones mal cosidos, pues quería esperar para comprar algo “chulo” que valiera la pena: algún vestido, unas medias locas o unos zapatos, pero me quedé con una bolsa de plástico llena de productos de belleza, debido a mi descontrol delante de las tiendas de potingues y sin probar los pastelitos que acompañan al English Tea, para mi desgracia. Lo que sucedió fue le siguiente:

La última tarde cada uno tomo unas horas para ir por ahí y perderse en la ciudad. Quería ir a Abbey Road y sacarme la típica foto, luego ir a ver cómo cambian la guardia en el palacio y a ver si conseguía hacer hablar a un soldado de aquellos mudos, no hice nada de eso porque me perdí y me quede sin dinero. Les explico; rumbo al mítico paso de cebra me tope con una de mis pequeñas adicciones: ¡Tienda de chuminadas! Quería entrar dando saltitos porque hacía siglos que no veía a una, y la verdad  es que en UK tienen productos chuminísticos que están muy bien: cremas, pinzas grandes, medianas y pequeñas, gorras fashionables de ducha, esmaltes de uñas con purpurina, rímel para todo tipo de pestañas y me vi muy señora que lee el ¡HOlA!, porque eché a la cestita el labial rojo firmado por Kate Middlenton. Llegó el momento de pagar, lo que pensaba que serían  30 pounds  fue casi el doble y entre las conversiones para pasar a euros, más la vergüenza que pasaba por la cola que ocasionaba y el engorro de tener que sacrificar algunos productos, me presionaron para gastarme más de 30 pounds en chuminadas (mi presupuesto no era la gran cosa en ese entonces) así que salí con la bolsita y mis potingues,  con muchas ganas de probarlos después de una buena ducha en el hotel, pero no contaba con que al salir sería de noche, cosa que afecta a mi GPS interior “¿izquierda o derecha?”  pensé “Ufff, pues recto” , ya que el hotel quedaba al otro lado del Hyde Park pero en lugar de llegar al hotel llegué a The Orangery Restaurant. Estaba perdida y congelada con mi bolsita de potingues remediosos como único arma en la noche londinense, así que tuve que entrar al restaurant super chic con mis pintas de “llevo todo el día caminando y tengo hambre” a pedir la clave WIFI con mi cara de – Hola, dear sir, I’m terribly lost- (porque, ojo, puse mi acento británico, no el yanki) finalmente fui rescatada nada más y nada menos que por el señor Google Maps y algunas indicaciones que no entendí muy bien del camarero puesto que me entretuve más mirándo la mata de pelo rubia que tenía y en especial, los pastelitos que pasaban a mi lado como cometas en unos platos de tres pisos haciendome ojillos de “cómeme, estoy muy bueno” y seguro que sí, pero el derroche inconsciente de potingues me había dejado imposibilitada de pastelitos y té en el Orangery.

A llegar (sana y salva) y volver a reunirme con los integrantes del viaje, resultó que todos habían ido a merendar al Orangery, porque estaba a unas pocas calles del hotel, y no, ya no podía volver, estaba cerrado.

 

Grumpy-Cat
-Sh*t-

 

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